Circula desde hace años en redes sociales, cadenas de correo y foros una historia conmovedora. En ella, un profesor universitario intenta demostrar que Dios no existe usando el problema del mal, solo para ser humillado por un brillante estudiante que resulta ser, supuestamente, un joven Albert Einstein. El argumento central del estudiante es que el mal no existe por sí mismo, sino que es simplemente "la ausencia de Dios", tal como el frío es la ausencia de calor o la oscuridad es la ausencia de luz.
Lo primero que debemos establecer es que esta conversación es una completa invención. No existe registro alguno en las biografías, cartas o archivos de la Universidad de Princeton o de Zúrich que respalde este diálogo.
Albert Einstein fue muy claro respecto a sus creencias. En una carta de 1954 al filósofo Eric Gutkind, escribió: "La palabra Dios para mí no es nada más que la expresión y el producto de la debilidad humana". Einstein no creía en un Dios personal que se preocupara por los asuntos humanos ni en un sistema moral basado en la teología. Usar su nombre para validar un argumento apologético es una falta a la verdad histórica y a su legado intelectual.
El argumento del estudiante se basa en analogías físicas para explicar conceptos morales. Afirma que el frío no existe, sino que es la ausencia de energía térmica. Si bien esto es termodinámicamente correcto, la analogía falla al aplicarse a la moralidad.
El calor es una magnitud física medible (energía cinética de las partículas). La moralidad, sin embargo, es una evaluación de acciones y sus consecuencias en seres sintientes. El mal no es una "falta de algo" pasiva; a menudo es una acción deliberada que causa sufrimiento. Torturar a una persona no es una "ausencia de bondad", es una presencia activa de daño, intención y ejecución.
El relato afirma que la oscuridad es la ausencia de luz. Nuevamente, esto es cierto en óptica, pero es irrelevante para la existencia del mal.
Si definimos el mal solo como "ausencia de Dios", terminamos en un callejón sin salida lógico. Si Dios es omnipresente (está en todas partes), ¿cómo puede haber un lugar o momento donde él esté ausente? Si el mal existe, y Dios está en todas partes, entonces Dios está presente en el mal o el mal es parte de su creación. Intentar definir el mal como una "nada" es solo un truco retórico para evitar la responsabilidad de un creador sobre su obra.
Para quien sufre una enfermedad terminal o una injusticia, el mal no se siente como una "ausencia". Se siente como una realidad biológica y psicológica dolorosa.
Decirle a una víctima de guerra que su sufrimiento es solo "la ausencia de paz" es un insulto a su realidad. El dolor tiene vías neurológicas, el miedo tiene respuestas hormonales y la destrucción tiene consecuencias físicas. El escepticismo nos obliga a tratar estos fenómenos como realidades que deben ser estudiadas y combatidas, no como vacíos metafísicos.
La historia del "Joven Einstein" sobrevive porque presenta un falso dilema: o el mal es una creación de Dios (lo que lo haría responsable), o el mal es una ausencia (lo que lo exonera).
Desde el escepticismo, entendemos que el "mal" es una categoría humana. Lo que llamamos actos malvados suelen ser comportamientos que dañan la cohesión social o el bienestar individual. No necesitamos una explicación metafísica ni analogías térmicas; necesitamos biología evolutiva, sociología y ética secular para comprender por qué los seres humanos son capaces de crueldad y cómo podemos minimizarla.
Este relato es un ejemplo perfecto de un "meme" cultural diseñado para el sesgo de confirmación. Ofrece una victoria rápida y emocional sobre un "profesor arrogante", usando una figura de autoridad (Einstein) para validar una creencia previa.
El uso de Einstein es estratégico: se intenta decir que si la mente más brillante de la historia creía en este argumento, entonces debe ser cierto. Al desmentir la autoría, el argumento pierde su armadura emocional y queda expuesto como la falacia lógica que realmente es.
Intentar explicar el mal como una simple "ausencia" es una forma de escapismo intelectual. No resuelve el problema del sufrimiento, solo lo redefine para que sea menos incómodo teológicamente. El pensamiento crítico nos invita a aceptar que el mal —entendido como el sufrimiento causado por acciones humanas o desastres naturales— es una realidad tangible que requiere soluciones tangibles, no juegos de palabras.
Einstein no fue el autor de ese diálogo, y probablemente se habría sentido ofendido por el uso de su nombre para promover una lógica tan defectuosa. La verdadera inteligencia radica en enfrentar el mundo tal como es, sin inventar diálogos ficticios para sentir que hemos "ganado" una discusión.
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