Basta con encender el televisor o revisar las redes sociales para sentir que el mundo se desmorona. Guerra, terrorismo y crimen llenan nuestras pantallas, reforzando la idea de que vivimos en la época más violenta de la historia humana. Sin embargo, el psicólogo cognitivo de Harvard, Steven Pinker, sostiene —con datos en mano— que esta percepción es un espejismo psicológico. En su obra fundamental, demuestra que, estadísticamente, vivimos en la era más pacífica de nuestra especie.
¿Por qué creemos que el mundo es peor que antes? Pinker recurre a la psicología cognitiva para explicarlo. El "sesgo de disponibilidad" nos hace juzgar la probabilidad o frecuencia de un evento basándonos en qué tan fácil es recordar ejemplos del mismo.
Un asesinato en otra ciudad aparece en nuestro teléfono al instante, mientras que los millones de personas que vivieron en paz ese mismo día no son noticia. El periodismo se centra en lo excepcional, no en lo normal. Al estar más conectados, estamos más expuestos a la tragedia, lo que distorsiona nuestra capacidad de evaluar las tendencias históricas a largo plazo.
Pinker analiza la violencia no por el número absoluto de muertes (que crece con la población), sino por el porcentaje de la población que muere violentamente.
Contrario a la idea de que las sociedades tribales vivían en armonía con la naturaleza, los datos arqueológicos muestran que la tasa de muerte por guerra en sociedades cazadoras-recolectoras era drásticamente superior a la de cualquier estado moderno, incluyendo las carnicerías de las Guerras Mundiales. La civilización, con sus leyes y monopolio de la fuerza, ha sido el mayor reductor de violencia de la historia.
Basándose en las tesis de Norbert Elias, Pinker describe cómo el surgimiento de los estados centralizados en Europa transformó el comportamiento humano.
En la Edad Media, un insulto podía terminar legítimamente en un asesinato por honor. El fortalecimiento de la justicia y el comercio transformó al prójimo: de ser un competidor por recursos o una amenaza a la honra, pasó a ser un socio comercial potencial. El comercio hace que los demás sean más valiosos vivos que muertos, incentivando la cooperación sobre el conflicto.
Desde la Ilustración, hemos visto un cambio radical en lo que consideramos moralmente aceptable. Prácticas que antes eran entretenimiento público —como las ejecuciones, la tortura o el combate de gladiadores— hoy nos resultan aborrecibles.
Pinker argumenta que la alfabetización y la tecnología nos han permitido "ponernos en los zapatos" de otros. Al leer historias de personas diferentes a nosotros, nuestro círculo de empatía se expande para incluir a otras razas, géneros y orientaciones, haciendo que la violencia contra ellos sea psicológicamente más difícil de justificar.
El título de la obra más famosa de Pinker sobre este tema hace referencia a las facultades humanas que nos alejan de la violencia: la empatía, el autocontrol, el sentido moral y la razón.
Pinker argumenta que la aplicación de la razón a los asuntos humanos nos ha permitido entender que la violencia es un juego de suma cero donde todos pierden a largo plazo. Al tratar los problemas sociales como problemas que pueden resolverse mediante el diseño institucional y la ciencia, hemos logrado reducir drásticamente la pobreza, el analfabetismo y, por consecuencia, la agresividad social.
Es fundamental entender que Pinker no es un optimista ingenuo. El hecho de que la violencia haya disminuido no significa que estemos destinados a vivir en paz eterna.
La reducción de la violencia es el resultado de esfuerzos humanos concretos y de la construcción de instituciones democráticas. Estas instituciones pueden erosionarse. El escepticismo ante el mito de la violencia actual no debe llevarnos a la complacencia, sino a la valoración y defensa de los mecanismos (como la ciencia, la educación y el laicismo) que han hecho posible este descenso histórico del sufrimiento.
Aceptar que vivimos en la época más pacífica de la historia no minimiza las tragedias que ocurren hoy. Sin embargo, nos ofrece una perspectiva necesaria: el progreso humano es real y medible. El escepticismo debe ayudarnos a ver más allá del titular alarmista y confiar en la evidencia estadística.
Entender el legado de Pinker es comprender que, aunque nuestra naturaleza biológica conserva impulsos agresivos, nuestra evolución cultural nos ha proporcionado las herramientas para someterlos. La historia de la humanidad no es una espiral de decadencia, sino, con todos sus retrocesos, una lenta marcha hacia una sociedad más racional y menos cruel.
Nota editorial: Este contenido corresponde a un texto previamente publicado, recuperado y actualizado para su correcta preservación y lectura actual. La autoría intelectual pertenece a sus creadores originales; esta plataforma actúa únicamente como repositorio y medio de difusión.