El 15 de diciembre de 2011, el mundo intelectual perdió una de sus voces más vibrantes, ácidas y necesarias. Christopher Hitchens no fue solo un periodista o un ensayista; fue un cruzado de la razón que entendía que el lenguaje es la herramienta principal para desmantelar la tiranía, ya fuera política o celestial. Desde las páginas de Vanity Fair hasta los podios de los debates más encendidos, Hitchens personificó el espíritu del escepticismo combativo, recordándonos que ninguna creencia está por encima de la crítica.
Hitchens dominaba el inglés con una precisión quirúrgica. Su capacidad para articular argumentos complejos con una elegancia devastadora lo convirtió en el terror de los apologistas religiosos. No se limitaba a señalar errores lógicos; desnudaba la inmoralidad detrás de los dogmas.
Incluso tras su diagnóstico de cáncer de esófago, Hitchens se negó a refugiarse en el consuelo de la fe. Documentó su declive físico con una honestidad brutal, rechazando las "conversiones de último minuto" que tanto esperaban sus detractores. Para él, mantener la integridad intelectual hasta el último aliento era el acto supremo de dignidad humana. "No tengo cuerpo, soy un cuerpo", decía, reafirmando su postura materialista frente a la metafísica del alma.
A diferencia de muchos ateos que simplemente no creen en deidades, Hitchens se definía como un antiteísta. No solo pensaba que Dios no existía, sino que se alegraba de ello, comparando la idea de un creador omnisciente con una "Corea del Norte celestial": un sistema de vigilancia totalitaria que nos juzga incluso por nuestros pensamientos.
En este contexto, nos dejó uno de los principios epistemológicos más citados en el escepticismo moderno: "Lo que puede afirmarse sin pruebas, puede descartarse sin pruebas". Esta máxima se convirtió en el escudo definitivo contra las pretensiones de los charlatanes y dogmáticos que exigen respeto para sus afirmaciones sin aportar evidencia alguna.
Hitchens nunca eligió blancos fáciles. Su valentía intelectual lo llevó a cuestionar figuras que gozaban de una inmunidad social casi absoluta.
Su crítica a la Madre Teresa de Calcuta en The Missionary Position fue un terremoto ético. Reveló que la "santa" estaba más interesada en el culto al sufrimiento que en el alivio del dolor, denunciando sus vínculos con dictadores y su gestión financiera opaca. Hitchens entendía que el escepticismo no debe detenerse ante la fachada de la caridad si esta sirve para perpetuar el dogma y la miseria.
Junto a Richard Dawkins, Sam Harris y Daniel Dennett, Hitchens impulsó un renacimiento del pensamiento laico en Occidente. Juntos, desafiaron la noción de que la religión debía ser tratada con una deferencia especial que no se le otorga a ninguna otra idea política o científica.
Hitchens aportó a este grupo la dimensión política y literaria. Su preocupación no era solo si la religión era verdadera (que claramente no lo era), sino si era perjudicial para la libertad humana. Su defensa del laicismo como única garantía para una sociedad pluralista sigue siendo, años después de su muerte, la hoja de ruta para muchos activistas escépticos en todo el mundo.
Reducir a Hitchens únicamente al debate sobre el ateísmo sería un error histórico. Su carrera estuvo marcada por un compromiso profundo con la literatura y la historia política. Sus ensayos sobre George Orwell, Thomas Paine y Thomas Jefferson revelan a un hombre que buscaba en el pasado las herramientas para defender la libertad individual frente al colectivismo y la superstición.
En su libro Cartas a un joven disidente, Hitchens destiló su filosofía de vida: la importancia de pensar por uno mismo, de desconfiar de los consensos prefabricados y de valorar la discusión por encima de la concordia forzada. Para él, la salud de una sociedad se mide por su capacidad de tolerar y fomentar a sus críticos más ácidos.
Hitchens fue un defensor absoluto de la Primera Enmienda y de la libertad de expresión a nivel global. Fue uno de los pocos intelectuales que apoyó sin fisuras a Salman Rushdie cuando se dictó la fatwa en su contra, entendiendo que lo que estaba en juego no era solo un libro, sino el derecho de la humanidad a criticar lo sagrado.
Argumentaba con frecuencia que nadie tiene el derecho de no ser ofendido. La ofensa es el precio que pagamos por vivir en una sociedad libre. Si permitimos que el derecho a "no ser insultado" prevalezca sobre el derecho a hablar, estamos entregando las llaves de nuestra cultura a los más intolerantes y fanáticos.
Hitchens no fue un hombre de grises, pero sí de contradicciones complejas. Su apoyo a la guerra de Irak lo alejó de muchos de sus aliados tradicionales en la izquierda, demostrando que su lealtad no era hacia una facción política, sino hacia lo que él consideraba la lucha contra el fascismo, ya fuera laico o clerical.
Independientemente de si uno estaba de acuerdo con él o no, era imposible no admirar su honestidad intelectual. Nunca buscó la aprobación de la multitud. Su vida fue un testimonio de que se puede ser un intelectual público sin vender el alma a la corrección política o al dogma de grupo.
Christopher Hitchens nos dejó un vacío que nadie ha logrado llenar. En un mundo donde el debate se ha polarizado y simplificado en eslóganes de redes sociales, su prosa densa, informada y valiente hace más falta que nunca. Su legado en ChileSkeptic y en el movimiento escéptico mundial no es el de un profeta a quien seguir, sino el de un ejemplo de cómo usar la razón para iluminar los rincones más oscuros de la experiencia humana.
Extrañamos su ingenio, extrañamos su valentía, pero sobre todo, extrañamos su capacidad para hacernos pensar de manera incómoda. La mejor forma de rendirle homenaje es seguir cuestionando, seguir leyendo y, sobre todo, seguir desconfiando de cualquiera que afirme poseer la verdad absoluta.
Referencia externa: Este artículo fue citado como fuente en Wikipedia — Christopher Hitchens .
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